De la cultura, incultos y analfabetos (Pinzellades)
La cultura como valor es un concepto que posee múltiples manifestaciones y resulta extraordinariamente variable en función de la época y el lugar en que se desarrolla. El aislamiento de los pueblos estabiliza los rasgos culturales y los consolida. El sucesivo contacto entre culturas ha provocado mestizajes consecutivos, nexos remotos, rasgos comunes y supremacías de unos rasgos sobre otros –el idioma o determinados hábitos y costumbres (como la alimentación), son unos buenos ejemplos de ello-. La globalización esta provocando una auténtica colisión de civilizaciones y una desnaturalización cultural más allá del mestizaje o la mezcla enriquecedora: se está empobreciendo el balance global cultural.
Sin embargo, el analfabetismo y la incultura son conceptos diferentes –también variables-. La alfabetización en determinadas épocas o lugares se ha limitado durante mucho tiempo a aprender a leer y escribir; sin embargo, hoy, la alfabetización se dirige hacia objetivos tecnológicos: manejarse con autonomía en el uso de las nuevas tecnologías –como la informática o el Internet-; o también se dirige hacia objetivos de mejora de lo que se viene a denominar “cultura general”: conocimientos matemáticos abstractos, o de historia, o de geografía, entre otros.
La cultura, por el contrario, tiene dos manifestaciones esenciales –entre otras-: la de raíz tradicional y utilitaria, conformada por el conocimiento ancestral que ha permitido a la humanidad sobrevivir y progresar adecuadamente (y que en mayor o menor medida y sofisticación está siempre presente en todos los pueblos); y la cultura elaborada, surgida del ocio y la creación, normalmente asociada a manifestaciones artísticas que enriquecen la cultura tradicional, sus manifestaciones históricas son la filosofía, la literatura, la música o el arte pictórico o escultórico, junto con el conocimiento asociado a todas ellas (no siempre presentes de forma evolucionada en todas las culturas).
Por tanto N’gueme posiblemente sea analfabeto, pero no inculto, aunque su cultura se limite a los conocimientos tradicionales elementales que su sociedad le ha transmitido. Ahora bien, el problema de N’gueme (y de los que vivimos en territorios que reciben gente de lugares remotos y culturas dispares) va a ser la dificultad real de que su cultura le sirva de algo en ese país occidental desarrollado que lo “acoge”; lo más probable es que su cultura –diferente- contribuya a su marginación e incomprensión, además de impedir que se integre adecuadamente a su nuevo lugar de residencia.
Un colega de Valladolid



